Psicología deportiva

Psicología del Deporte… Deporte. ¿Psicología..?

Para la mayor parte del público sigue siendo la gran desconocida pero,cada vez más, dentro del entorno profesional del deporte se está convirtiendo en una piedra angular. Tanto entrenadores como grandes deportistas son conocedores de sus ventajas. Junto a los preparadores físicos, técnicos, médicos, masajistas, fisioterapeutas y nutricionistas, los psicólogos deportivos trabajan con un objetivo común, la mejora del rendimiento deportivo.

No suele resultarnos muy difícil imaginar la importancia de la motivación y la estabilidad emocional en los deportistas de élite. El estrés, la presión, las situaciones extremas y entrenamientos de gran desgate físico a los que son sometidos. Es fácil comprender que surgen momentos en los que uno se “viene abajo”, se “estanca”, “no rinde”, “se agota”, “se frustra”, “se angustia”, “se deprime”. La figura del psicólogo y la necesidad de la Psicología del Deporte, nos parece entonces más que justificada.

Pero en el deportista no solo influyen sus estados mentales, esa parte “interna” que no podemos observar, esos “pensamientos” o” ideas” que le impiden avanzar. En el deportista afectan todas y cada una de las decisiones y directrices del equipo técnico y físico que le acompañan durante toda su trayectoria. Profesionales que se dejan la piel y dan lo mejor de sí mismos para mejorar ese rendimiento deportivo de esa persona concreta. Profesionales con sus propias metas y objetivos, “frustraciones”, “angustias”, “cansancio”, “miedos”…. Profesionales que a día de hoy, cada vez más, demandan y cuentan con un asesoramiento psicológico deportivo que les ayude a desempeñar su profesión de la forma más óptima posible.

Pero “yo no soy deportista profesional”, ¿por qué leo aquí asesoramiento en Psicología Deportiva?.

Hay que mirar dentro de uno mismo y encontrar cuales son las fuerzas que nos mueven hacia determinadas direcciones y decisiones para poder comprender en que va a sernos útil: “si yo solo quiero salir a correr por las mañanas para ponerme algo en forma, no busco nada más”. Cuando una persona decide hacer dieta, ejercicio, realizar un deporte ya sea en grupo o individual, está buscando “sentirse mejor”. Cada uno tiene unos motivos por los que esa actividad le hará sentirse mejor y le compensará el “esfuerzo” que requiere. Porque alcanzar toda meta requiere un esfuerzo, un sacrificio y, porque cuando logramos nuestras metas, somos “felices”. Cómo abordemos la manera de llegar a esta meta puede hacer que triunfemos en nuestro cometido o que, por el contrario, sintamos que “hemos fracasado”.

Y no siempre acertamos, si fuera algo sencillo ya lo habríamos hecho. Muchas veces ni siquiera sabemos que es lo que buscamos o esperamos exactamente de un entrenamiento, como nos hará sentir, que respuestas o cambios nos producirá, a qué voy a atribuir mis “éxitos” o “fracasos”. Y lo cierto es, que no tenemos que saber responder a todas estas cuestiones y, no por ello, ser menos capaces de lograr alcanzar nuestras metas. Por este motivo, cuanto más asesoramiento tengamos a nuestro alcance, más herramientas y estrategias aprenderemos para poder lograr “sentirnos felices”.

Finalizar con una definición técnica de Psicología del Deporte sería interesante pero poco práctico. Cualquier persona puede teclearlo en internet y leer exactamente lo mismo que se podría escribir aquí. Sin embargo, sí me gustaría hacer una sencilla comparación. Me gusta presentar a la Psicología del Deporte como un espejo, uno de esos que, según desde donde te coloques o mires, la imagen se deforma de una manera o de otra. Nosotros podemos irnos moviendo, observando, esperando la hora de luz adecuada… todo con el fin de encontrar la imagen que esperamos y deseamos que el espejo nos devuelva. ¿Cuánto tiempo puede llevarnos alcanzar a ver esa imagen? e incluso, ¿sabemos de verdad qué imagen queremos encontrar?. La Psicología del Deporte puede ser empleada como el “libro de instrucciones” de ese espejo. Nos ayuda a delimitar qué posibilidades de imagen podemos encontrar mirando a “ese espejo” y nos facilita el conocimiento de en qué “posiciones” concretas debemos colocarnos para verlas.

Porque muchas veces, ni siquiera nos atrevemos a mirar ese espejo, porque a veces no nos hemos puesto, o tenemos empañadas o sucias las “gafas” para poder disfrutar de la imagen que, ese espejo, está esperando a devolvernos de nosotros mismos.

 

Concha García Cortés